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Boletín # 27
  enero 2010

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Copenhague: Un fracaso anunciado

Marcos Nordgren, CIPCA-UAP, Bolivia – Grupo de Trabajo Desarrollo Rural ALOP

Algunas semanas antes de la realización de la Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas en Copenhague, en noviembre del año pasado, corrían reportajes en la prensa internacional que advertían que los compromisos a negociarse y los niveles de ambición planteados para este acuerdo a partir de la base científica, eran considerados inaceptables para una buena parte de los países desarrollados, actores clave para viabilizar un nuevo acuerdo y dar respuesta al desafío global que nos plantea el cambio climático. Sin embargo, el mensaje principal lo dio Barack Obama en su discurso en noviembre, indicando que el tiempo para lograr progresos en las negociaciones de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, (CMNUCC) había terminado y que esto imposibilitaría arribar al acuerdo esperado en la conferencia de Copenhague.

Evidentemente, Obama a través de estos mensajes hacía eco de los problemas que su administración enfrentaba al interior mismo de su Congreso (y partido) y al fracaso en el intento de lograr la aprobación de leyes estadounidenses que dieran posibilidades de asumir los compromisos internacionales mínimos sostenidos en el marco de discusión proporcionado por el panel intergubernamental de expertos para cambio climático de las Naciones Unidas (IPCC). La posible firma de una diluida declaración de intenciones o “acuerdo político” en Copenhague, en vez de un acuerdo legalmente establecido y con carácter vinculante, fue presentada ya en ese momento como propuesta para subsanar de alguna manera este tremendo obstáculo en el proceso de negociaciones de la CMNUCC. Sin embargo, esta propuesta claramente unilateral, se desmarcaba completamente de los procedimientos de negociación y el plan de ruta acordado de manera consensuada en Bali el año 2007, que requería entre otras cosas la conclusión de un acuerdo en Copenhague con compromisos concretos de reducción de contaminación por países desarrollados y la definición de estrategias y financiamiento para la implementación de medidas urgentes de adaptación en países en vías de desarrollo. Copenhague no comenzaba bajo las mejores circunstancias, por decirlo con palabras suaves.

Las primeras señales al inicio conferencia de Copenhague redujeron aún más las escasas posibilidades de lograr un acuerdo vinculante, al filtrarse a la prensa internacional el borrador de un “acuerdo político” que estaba siendo elaborado por la presidencia de la Conferencia Mundial de Cambio Climático, en manos del gobierno danés, junto a un puñado de otros países desarrollados. Esta acción y otras formas de manejo arbitrario y frecuentemente contrario a los principios de las Naciones Unidas por parte de la presidencia danesa a lo largo de la conferencia, junto a los intentos deliberados por parte de Estados Unidos y otros países desarrollados, de descarrilar los procesos de negociación establecidos, como el del Protocolo de Kyoto a favor de otros más acordes a sus intereses, fueron elementos que marcaron profundamente la conferencia climática a tal punto que el capital de confianza acumulado en más de 17 años de negociación dentro de la CMNUCC se disolvía visiblemente cada día que pasaba de las dos semanas de negociación programadas.

Ante estos artificios de negociación, más propios de una junta barrial que de una conferencia encargada de responder al desafío más grande de este nuevo siglo, las críticas y protestas no se dejaron esperar por los bloques negociadores más grandes de los países en vías de desarrollo. El Bloque Africano, los Países insulares, el ALBA, los Países menos desarrollados y otros lanzaron sonoras protestas en contra de este manejo injusto. Pero el espacio de maniobra al interior de la conferencia limitaba de maneras muy concretas las posibilidades de lograr cambios cualitativos en el desarrollo de las discusiones. Muchas delegaciones de países en vías de desarrollo fuertemente afectados por el cambio climático (Sri Lanka, Tuvalú, Sudan), pero también otros como Bolivia, se encontraban frente a las opciones de sumarse a la “declaración o acuerdo político” e intentar negociar bajo la mesa algún tipo de beneficio individual de escaso valor en el marco de un franco proceso de degradación climática global, o mantener firme la defensa por una salida integral expresada en un acuerdo internacional ambicioso, legalmente vinculante, que diera respuestas de fondo a las urgentes realidades ya presentes para poblaciones considerables a partir de los cambios climáticos regionales.

¿Qué fue lo que falló? ¿Por qué considerar Copenhague un fracaso en este escenario tan poco favorable?

Visiblemente para mí, desde el interior, la conferencia de Copenhague no fue pensada, por lo menos no en los últimos trazos de su diseño, como un escenario donde se podrían generar las herramientas metodológicas, financieras y acciones necesarias para responder al cambio climático, si no más bien como un espacio donde intentar forzar un giro en la dirección de las negociaciones, en el mejor de los casos, o en el peor de los casos; posponer las decisiones políticas urgentes y poner sobre hielo las demandas de un tratamiento justo de la crisis climática a partir de un análisis coherente de las características estructurales que han sido elementos claves en el origen mismo del problema.

Varias semanas después de la conferencia, mientras los líderes de países desarrollados echan la culpa a los países en vías de desarrollo de su propia falta de definición política y continúan fingiendo que viven en su mundo sin cambios climáticos -el mundo desarrollado-, una pregunta justificada que habría que hacer a la luz de los resultados de Copenhague es: si la falta de compromiso político y miopía económica por parte de las principales economías de nuestro planeta podrá ser revertida en un corto a mediano plazo, en miras a posibilitar la continuidad del proceso de negociación. Y una pregunta más difícil aún, en manos de quién estará el lograr a tiempo ese colosal cambio político en los representantes democráticos principalmente de occidente que ya se apuran a señalar que la discusión del cambio climático tiene que ser competencia restringida de sólo algunos países y no de las Naciones Unidas en su conjunto.

Posiblemente sean espacios de discusión y encuentro compartidos y promovidos desde la alianza de gobiernos progresistas y movimientos sociales globales los que puedan darnos algunas pautas sobre cómo avanzar de aquí en adelante. La Conferencia Mundial de los pueblos sobre Cambio climático y los derechos de la Madre Tierra, convocada por el gobierno boliviano para el 19-22 de abril de este año, puede llegar a constituirse en un espacio interesante en esta dirección, y su gran desafío será lograr un abordaje colectivo que complemente su análisis crítico de la problemática, con la capacidad y creatividad para la generación de propuestas viables que cautiven y alienten a las sociedades civiles del norte y del sur en esta lucha conjunta. No solo para resolver el tremendo reto que encontramos en el cambio climático, si no en la construcción de nuevos paradigmas de vida que infundan esperanza y luz ante la incertidumbre de patrones de consumo fundamentalmente insostenibles y un modelo de desarrollo exhausto.

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